
El virus asesino denominado COVID-19 está haciendo estragos en el mundo. Ya sea que este virus es un engendro asesino de algún laboratorio, de los tantos oscuros y secretos laboratorios de los que estudian cómo usar estas cosas para la guerra, o, producto de una supuesta mutación «natural», hay una población que es el objetivo de la matanza: hombres y mujeres envejecientes de la tercera o cuarta edad, y enfermos crónicos.
La fórmula es simple, una población joven, menos autodisciplinada, se contagia. Por su capacidad física, ellos pueden sobrevivir, aun asintomáticamente, pero llegan a contagiar a personas envejecientes o enfermas, con bajas defensas, lo que les produce la muerte. Valga decir aquí que estos agentes transportadores del virus, los jóvenes, son los mismos que en todo el mundo han estado confrontando diversos regímenes, desde Hong Kong con una revuelta pro-capitalista, a Santiago, con una revuelta anti-capitalista. El resultado neto, sea cual fuere el origen del virus asesino, ha sido el control total de la población y la paralización de la movilización social, con un sistema informativo que más parece una campaña del terror.
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